De las más de cien veces que he subido a un avión, creo esta que me lleva de Paris a Santiago de Chile un sábado de diciembre, ha sido la más triste jamás vivida 1. Y es que algo he dejado, algo he perdido de mí y lo que es cierto es que no volverá ha darme su presencia, que por mas de dos años me ha llenado de sentimientos diversos, siempre de regocijo, añoranza y ensoñación.
Y es que yo pensaba que esta perdida no iba a arribar solo hasta el momento de mi propio fin, eso es que moriríamos, desapareceríamos al mismo tiempo, en el curso de un acontecimiento. Pero ya no fue así. Ya lo perdí.
Y estoy triste e impotente, pues hubo un momento durante esta mutilación en que quizás podría haber invertido el curso de las cosas, pero los obstáculos eran grandes y las posibilidades de éxito despreciables. Y es más, casi instantáneamente me vi asumiendo ese dolor, baje la mirada en el bus que conectaba la puerta de embarque con las escalinatas del avión, y trate de condensarme, pues este dolor, en su fuente primaria me quería decir algo, algo importante. En un momento entendí que era una señal.
Su nombre era Gastón, un joven ganso, que desde hace dos años, por decisión compartida entre su padre y yo, me acompañaba por el mundo, y con especial entusiasmo por las altas cimas. Gastón conquisto los Alpes, los Andes, conoció la nieve, el viento, los trenes, las noches, los ríos, el alcohol, escaló abruptas paredes, y sobre todo fue un cómplice de mi vida, un testigo mudo de dos años de este devenir que hoy, hace algunos minutos a tomado algún curso desconocido. Gastón nunca olvido a su padre, y bien hizo.
El lector se habrá percatado que Gastón corresponde más a un concepto que a una mera mascota, se eleva entre animita y muletilla mitológica, incluso cargo mis propias responsabilidades y culpas, posó a fotos y fue motivo de mas de alguna conversa.
Viene al caso, relatar al menos la característica principal de su personalidad, y esa venía por antonomasia en su apodo cantado: “Gastón, el ganso dormilón” Y no lo hacia nada de mal, pues si no estábamos de gira, o de excursión, Gastón simplemente dormía, colgando del tendero de ropa, al interior de algún bolsillo, o donde cayese.
Su segunda peculiaridad era su sistema alimenticio, y digo sistema pues no solo es interesante la composición de su dieta, sino que también el procedimiento digestivo. Gastón se alimentaba solamente a partir de donaciones, que por lo demás permanecían indefinidamente en su vientre, formando entre ellas una suerte de maceración o amalgama bien particular.
Hoy por la mañana, mientras acomodaba a Gastón en un costado de mi maletín, fue la última vez que abrí la cremallera -que permitía el acceso a su vientre- y que tuve el “placer” de observar aquellos objetos, verdaderos tesoros para mi culto espiritual. Creo que es parte de nuestra intimidad el desenmascarar cada uno, y su significado.
¡¡Estaras alimentando nuevos sueños, querido Gastón!!
1 Hubo un viaje en avión aún mas triste.